
No sabía cómo empezar este mi último artículo antes de despedirme de todos ustedes por razones estivales. Pues mi intención era hacer un artículo “blando”, sin críticas feroces y cosas a las que les tengo acostumbrados. Más que nada por no ganarme más enemistades y recibir el período estival de una forma más positiva.
Lo que pasa es que, cuando he escrito algo de ese estilo, los comentarios vienen a ser decir que no tiene gracia todo lo que no sea ejercitar esa costumbre tan española de poner a parir al vecino.
Gandía y La Safor es, aunque a muchos les pese, “la millor terreta del món”. Alguno lo llamará chovinismo, otros, falta de conocer más lugares, pero esta vez hablo con argumentos bien fundados. Sólo hay que dar una vuelta por la comarca para corroborar esto. La Reprimala, la Cuta de Castellonet, la playa del Ahuir, Cotalba, la Font Salada, el Castell de la Reina Mora, la Drova… la lista es larga y rica y, por desgracia, desconocida para muchos…
Miles de turistas llegarán a partir de estos días a nuestras algún día (hace mucho ya) vírgenes playas. Cuando veo las instantáneas de los años 40 y 50 en que se ve a pequeños grupos de gente, en casetas a pie del mar, disfrutando de los mejores arenales que el Mediterráneo ha parido, no puedo esconder mi vergüenza. Vergüenza por saber que los ayuntamientos deben recurrir a ordenanzas para regular la “plantación” de sombrillas en primera línea de playa. Aunque bien visto no sé que es peor, si eso o la plantación de torres de hormigón que ni la crisis ha conseguido detener.
Ya ven que pronto me derivo hacía la crítica, debe ser deformación profesional. Así pues volvamos con la millor terreta del món.
Bolomor, Parpalló, Meravelles… ya hace decenas de miles de años que nuestros ancestros eligieron (o quizás no tuvieron otro remedio) las montañas y valles de la Safor, con el Monduver presidiendo, para asentarse y dar los primeros pasos en ese proceso que alguien denomina como evolutivo pero que últimamente parece tener puesta la marcha atrás.
Los Centelles, la Torre dels Pares, moriscos, el Camí Reial romano, las germanías, la morera y la seda, la Universidad, el azúcar y els trapigs, Sta. Mª de Valldigna, las pasas que enfilaban camino Denia, el tren a Alcoi, el Palau Ducal… lista sin fin y muy poco apreciada o conocida.
Y un color. El verde. No el verde esperanza ni otros matices. Es el verde que nos da el naranjo. Un inmenso manto verde que cubre casi toda la comarca y que llenó los bolsillos de gran parte de las gentes de La Safor. Por desgracia, cada vez más se trata no de un color puro que sólo las naranjas y mandarinas rompían para provocar sonrisas y alegrías. Ahora está tamizado, pulido por las ramas secas de los huertos abandonados en los que esbarzers y arcilages ganan terreno a la millor terreta del món.
Disfruten del verano. Que la montaña y la playa son gratis y fuentes de muchas alegrías.
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